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¿Puede nuestro cuerpo detectar el azúcar sin probarlo?

El azúcar está muy presente en el sistema alimentario actual y, además, es uno de los ingredientes más comunes en los alimentos procesados. De hecho, en muchas ocasiones lo han descrito como adictivo.

Son varios los estudios e informes que indican que el consumo de azúcar ha aumentado con el paso de los años. De hecho, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) estiman que, actualmente, las personas obtienen alrededor de un 14% de sus calorías diarias del azúcar.

Algo que es preocupante si se tiene en cuenta que hay dos enfermedades muy comunes y que están en aumento en el mundo occidental: la diabetes tipo 2 y la obesidad

Pero, ¿podría estar el cerebro relacionado con nuestro consumo de azúcar? Eso parece o, al menos, así lo ha identificado un grupo de investigadores de la Universidad de Columbia. Existen unos mecanismos cerebrales que están detrás del consumo de azúcar, lo que explica por qué el azúcar causa antojos que los edulcorantes artificiales no pueden satisfacer.

Todo comienza con los receptores del gusto. El azúcar es una importante fuente de energía para todos los animales, incluidos los humanos. Por tanto, hemos desarrollado circuitos neuronales especializados para reconocer y buscar azúcar. Y estos comienzan en la boca.

La lengua tiene receptores de sabor específicos para detectar la dulzura. Estos se activan con el azúcar y envían señales al cerebro. Curiosamente, hay algunos animales no carecen de estos receptores de sabor y, sin embargo, pueden desarrollar fuertes antojos de azúcar.

Además, los investigadores informaron que, si los animales sin receptores de sabor dulce reciben dos bebidas, una endulzada con azúcar y la otra con edulcorante artificial, eligen la bebida azucarada, aunque no puedan saborearla.

Esto sugirió que el cuerpo puede reconocer el azúcar en otra área, quizá más abajo, en la vía digestiva. Para investigar esa línea, los investigadores propusieron buscar estos receptores adicionales en ratones.

El eje intestino-cerebro

El equipo comenzó administrando azúcar directamente al intestino, evitando por completo los receptores del sabor. Esto se debe a que existe una conexión entre el intestino y el cerebro, llamada eje intestino-cerebro. Ver y oler los alimentos, por ejemplo, hace que el intestino secrete fluidos digestivos.

Parece que existe una comisión similar para el azúcar. Cuando los investigadores dieron azúcar a los ratones directamente a sus intestinos, una región de sus cerebros se iluminó con actividad.

Esta región, llamada núcleo caudal del tracto solitario, es parte del tronco encefálico, una de las partes más primitivas del cerebro, que regula procesos fundamentales como la respiración y la frecuencia cardíaca.

Tras ello, los investigadores quisieron encontrar el receptor en el intestino y, para ello, cambiaron su atención al nervio vago, uno de los nervios más largos del cuerpo, que va desde el tronco encefálico hasta el colon. Es un método importante de comunicación entre el intestino y el cerebro.

Los investigadores observaron la actividad de las células en el nervio vago cuando el azúcar entró en el intestino y encontraron, por primera vez, un grupo de neuronas sensibles al azúcar en la vía del intestino al cerebro.

Estos receptores en el intestino fueron activados por el azúcar, pero no por los edulcorantes artificiales, lo que puede explicar por qué los edulcorantes no han reducido significativamente el consumo de azúcar desde que se introdujeron ampliamente hace 40 años.

Engañando la lengua y el cerebro

En el futuro, estos hallazgos podrían conducir al diseño de edulcorantes que hagan un mejor trabajo engañando a nuestros circuitos neuronales. “Cuando bebemos refrescos o usamos edulcorantes en el café, puede tener un sabor similar, pero nuestros cerebros pueden notar la diferencia”, explica Hwei-Ee Tan, uno de los autores de la investigación.

Al parecer, este circuito reconoce la molécula de azúcar, pero no depende de su contenido calórico, lo cual es una noticia prometedora para los fabricantes interesados en desarrollar sustitutos más saludables que activen los circuitos, pero que contengan menos calorías.

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